
Es un acuerdo tácito con mis padres. Ellos, especialmente mi mamá, saben cuál es mi opinión: creo en un ser superior, pero no estoy de acuerdo con ninguna de las religiones, autoproclamadas representantes de ese ser. Ni siquiera con la católica, a la cual pertenezco por bautismo, primera comunión y tradición cultural. Pero con la finalidad de preservar la paz familiar y no crear conflictos por algo tan vano como una hora por semana, no me quejo cuando tengo que ir con ellos a la misa. Mis padres tampoco son ningunos católicos fundamentalistas, están en desacuerdo con muchas de las “verdades” que la Iglesia intenta imponernos, pero por alguna razón que todavía estoy descifrando, este rito dominical reviste para ellos determinada trascendencia. Y yo prefiero dejar la rebeldía para otro momento.
Pero como somos gente de una cultura relativamente buena, amantes del humanismo, tampoco estamos como para aceptar todas las estupideces que dicen muchos sacerdotes. Y por eso somos medio nómadas, buscando una parroquia que nos satisfaga y no nos ayude a llegar más rápido al infierno a causa de cuán profundamente nos pueden molestar ciertas afirmaciones. Y justo hoy, domingo de ramos, volvimos a mudarnos porque el domingo pasado, el sermón fanatizado y la hipocresía de ciertas personas nos dio hasta acidez estomacal.
Volviendo a hoy, cuando estábamos por entrar, un nene le salió al paso a mi mamá y le ofreció “palma a mil”. Es decir, la palma, el ramo famoso, por mil guaraníes, una suma de lo más ínfima. Mi mamá agarró la palma y me dijo: “pagale vos”. Yo saqué dos mil guaraníes de mi billetera y le pagué con un mil al nene y con el otro mil a otro nene que me vendió una palma a mí. “Pero a esta hora ya no se bendice más”, le dije a mi mamá. Era la misa de las 19 hs. y las bendiciones son siempre a la mañana. La verdad que yo compré mi palma por pura gana de ayudar al nene con su venta. “Siempre se bendice de noche también”, aseguró ella. Entramos, la iglesia llena de católicos de semana santa, por supuesto. No había más lugar para sentarse y nos quedamos parados. Apenas empieza a hablar el sacerdote, dice: “y ahora continuamos con la ceremonia que ya se inició en el tinglado con la bendición de las palmas”. Mi mamá y yo nos miramos y no aguantamos una risa. “Con razón que había liquidación de palmas”, dijo ella.
Claro, por nómadas, no sabíamos el programa de esa iglesia y no llegamos para la ceremonia de bendición de los ramos. Yo observé en silencio mi palma que ya nunca sería bendecida y, como siempre, tuve una de esas sensaciones raras que me producen razonamientos pseudo filosóficos. Había algo conmovedor en ese ramo que no cumplió su objetivo que me hizo tomarle un cariño especial como a ninguno de los otros ramos que usé a lo largo de mi vida. Hasta supe que lo guardaría en mi cuarto cuando llegara a casa (y así lo hice).
Pero esa no fue la única palma no bendita. Cuando salimos, los vendedores de ramos ya se habían ido. Al costado de la vereda de la iglesia, quedó un montoncito de basura que dejaron. Entre la basura, había un par de ramos que evidentemente no se llegaron a vender. Y otra vez la sensación rara y el instinto pseudo filosófico. Me agaché y tomé los ramos, consciente de que la gente que salía del templo me miraba algo extrañada. A mi mamá le dije que iba a llevarlas para juguete de mi gato, que se vuelve loco (entre otras cosas) por las hojas de palmera, su movimiento y el ruidito que hacen. Pero la verdad era otra. Otro fue el significado que tuvo para mí el gesto de sacar esos ramos de entre los desechos. No me parecía justo que porque no hayan pasado por el “rito” de la bendición fueran considerados basura. Quise darles un lugar en el mundo, que vieran que existía algo más allá de la religión para la cual supuestamente estaban destinados. Me salió la rebeldía.
Y así me fui, más contento que nunca con mis palmas no benditas.


